La adivina

La adivina. Imagen de Javier Rodriguez en Pixabay
Imagen de Javier Rodriguez en Pixabay

La adivina

Llegó a un puesto muy pequeño en comparación con los demás. Por fuera había una mujer con un aspecto muy misterioso. Estaba algo encorvada y vestía con ropas de tiempos muy remotos. La miró fijamente y esta le dijo que si tenía interés le podía leer el futuro. Él no creía en aquellas cosas pero sentía curiosidad por saber que le diría. Le preguntó cuánto cobraba y el precio que recibió por respuesta le pareció razonable. Ambos entraron en la tienda. El chico notó enseguida un olor muy intenso pero que no le desagradaba. En aquel humilde espacio solo habían dos cojines y una enorme bola en medio de ellos.

La adivina se sentó en uno de los cojines e invitó al muchacho a que hiciera lo propio en el suyo. Le pidió encarecidamente silencio porque según ella tenía que hacer un esfuerzo muy grande para concentrarse. Él obedeció y puso su mirada en la bola. La mujer cerró sus ojos y empezó a pronunciar unas palabras en un lenguaje verdaderamente extraño. A continuación, abrió sus ojos muy lentamente y extendió sus manos sobre la bola. Lo primero que dijo fue que había descubierto que él venía de una familia que había tenido algunas dificultades importantes para salir adelante. El chico no se dejó impresionar por esto porque sabía que todas la familias pasaban por momentos complicados y la suya no había sido una excepción.

La adivina prosiguió con su ritual y le comunicó que él era una persona con un gran potencial, pero debido a su falta de motivación, rara vez lo usaba. El chico se dijo a sí mismo que aquello era otra obviedad, pues en el mundo había una gran cantidad de personas que estaban en la misma situación que él.

Se sintió algo decepcionado porque aquella mujer le estaba contando cosas que ya sabía y él lo que quería era escuchar una historia con algo más de fantasía. Notó que la respiración de la adivina se aceleraba mientras ella le decía que le estaba llegando un mensaje importante para él relacionado con su futuro. Notó como empezó a correr el sudor por la cara de aquella mujer a pesar de que no hacía calor. Seguidamente, se llevó la mano al pecho y cayó hacia atrás sofocada. El muchacho se asustó porque pensó que le había dado algo y se quitó el abrigo para abanicarla.

Pasaron varios minutos hasta que ella le dijo que ya se encontraba mejor. Él la ayudó a incorporarse. La señora se disculpó efusivamente por no haber sido capaz de revelar aquel mensaje y empezó a llorar. El chico trató de consolarla y le dijo que no pasaba nada. Le pagó lo que habían acordado, se despidió y salió de la tienda. Caminó unos cuantos metros y se volvió para mirar el puesto. Aquella adivina le había dejado realmente intrigado.

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