El viento

El viento. Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

El viento

El jarrón cayó al suelo pero milagrosamente no se rompió. Cerró la ventana rápidamente y la calma retornó a la casa. El viento que estaba haciendo aquel día no era normal. Las autoridades habían advertido previamente de aquello, pero nadie se imaginó que llegaría a tal magnitud. Ella había decidido ser prudente y permanecer en su vivienda. Afuera se oía continuamente el aullido del viento. También se escuchaban los ruidos de la multitud de cosas que este levantaba y volvía a dejar caer una y otra vez.

El problema de aquellos fenómenos era que se producían muy raramente en la región, por eso cuando lo hacían pillaban a todo el mundo desprevenido. Aquella señora era una excepción, pues ya había vivido varios de aquellos sucesos. Antes de que la situación se pusiera fea, ella había quitado del exterior de su casa todo lo que el viento pudiera arrancar con su furia. Sin embargo, nada podía hacer con los objetos que procedían de otras casas y golpeaban la suya. Siempre llegaban en el momento mas inesperado y le daban un susto. Pensó que había que había sido una suerte que hasta ese momento ninguno de dichos objetos se hubiera dirigido contra los cristales de sus ventanas.

Justo cuando estaba con esos pensamientos oyó varios golpes en la ventana, pero no eran de un objeto. Sonaban como si alguien golpeara débilmente con sus nudillos. Se acercó a mirar con precaución. Era un anciano al que el temporal había pillado en la calle y que buscaba refugiarse. Su desconfianza natural le hizo dudar sobre si debería dejarlo entrar, pero no creyó que una persona tan mayor quisiera aprovecharse de una situación como aquella. Abrió la puerta y dejó pasar al desconocido, que estaba tiritando de frío. Lo sentó en una silla, le trajo una manta y le sirvió una tila bien caliente.

El señor mayor necesitó de varios minutos para recuperarse. Cuando estuvo mas calmado, le dio las gracias a la señora por su amabilidad. Le dijo que no quería molestar a nadie, pero la situación en la calle se había vuelto insoportable. Le contó que el viento le voló primero el paraguas y luego estuvo a punto de hacerlo volar a él. Añadió que su familia estaría preocupada buscándolo. Se sacó su teléfono de un bolsillo e intentó llamar, pero no había cobertura ninguna. La señora le explicó que era mejor que se quedara allí el tiempo que hiciera falta hasta la situación mejorara. Ambos quedaron en silencio escuchando al viento con la esperanza de que amainara pronto.

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